Somos lo que cambia

– PoDSC_0399 bn bajar supuesto que debemos replantearnos todo. No podemos seguir siendo un museo de nosotros mismos. El prisma del siglo XXI descompuso la idea que en el siglo XX teníamos de la originalidad, y los colores de la luz que proyecta, afortunadamente, nos hacen poner en valor la idea de la obra de arte como objeto sagrado nuevamente. Lo único que puede ser auténtico es la intención, el momento singular que siembra el germen de una idea. El resto es técnica, y el prisma del siglo XXI se encarga de que esos elementos –idea y técnica- queden bien diferenciados. Se acabó el fraude. Es hora de ponerse a trabajar y hacer buen arte.
– Pero, ¿el prisma del que hablas no es a la vez el límite de lo posible? ¿No son sus colores una paleta limitada?
– En absoluto. No debe pensarse en la producción artística de nuestro siglo como una tarea que puede valerse de una nueva paleta de colores. La idea expresa precisamente todo lo contrario. El prisma descompuso la luz con la que mirábamos el arte. Ahora somos libres de pensar, no dentro de los límites de una paleta nueva, sino fuera de los límites de lo posible. La producción artística puede estar orientada a lo posible o al resultado. Nuestras opciones son, o bien pensar la producción en base a la capacidad de las herramientas propias y las del entorno, o pensarla en base a los resultados imaginados, y así olvidarse de la capacidad de las herramientas. El hombre debe convertirse en la principal herramienta: sus ideas. Luego, penetrar en la herramienta para extender sus límites. Subvertir las herramientas para que la producción esté orientada al resultado.
– ¿Esas herramientas son la tecnología disponible y la técnica?
– Ni más ni menos. Las nuevas herramientas sirven para hacer herramientas que sirvan a nuestros propósitos artísticos. Las herramientas, hoy, son máquinas de hacer. El hombre es una máquina de pensar. El límite de la obra, por lo tanto, es el pensamiento.
– Y el contexto.
– Ninguna obra escapa a su contexto. El registro digital del arte hace que una obra sea reproducible hasta el infinito, manipulable e inasible. La hace de todos y de nadie. Ya no podemos buscar la novedad. Es inútil. Quizás, lo verdaderamente revolucionario –si se puede hablar de revolución- sería retornar a una idea clasicista de la belleza, a una idea mítica del arte o a un espíritu romántico en la expresión.
– Te concedo que la búsqueda de la novedad no constituye por sí sola un hecho artístico. Pero regresar a la idea clásica de lo bello no es propio del siglo XXI.
– Ese es el punto. ¿Qué es propio del siglo XXI? ¿Qué cosa nos es propia? Nuestros rasgos distintivos son la especificidad, la fragmentación, el acceso la información, el reciclaje, el conocimiento compartido, la velocidad, y con todo eso también una apabullante homogenización y una apabullante desigualdad.
Ninguna obra compuesta hoy puede escapar a este contexto, y por lo tanto es necesariamente resignificada por él. Componer en el espíritu de Beethoven, hoy, ¡es un acto revolucionario! (si se me permite el término).
La música vuelve a ser el efímero momento del tiempo en el que suena, vuelve a ser la imagen de la rosa y no su arquetipo, vuelve a ser la superficie (y es precisamente ahí donde radica su profundidad). La música es un elemento efímero capaz de modificar la voluntad y el mundo. Debe movilizar la conciencia y el espíritu, y nosotros debemos capturar con ella lo inasible, porque es lo inasible lo que engrandece nuestro intelecto, interpelándonos allí donde la dialéctica no nos es suficiente.
– ¿No estaríamos, en ese caso, tocando los mismos acordes del pasado?
– Precisamente. Pero resulta que cada vez que suena un acorde, ya no es el mismo porque su contexto es diferente. Nuestro momento vuelve a poner en valor la intuición musical por sobre la intelectualización musical. Los primeros 4´33” de la novena sinfonía de Beethoven los compuso John Cage. ¿Hacia dónde fuimos desde ahí? ¡No seamos ciegos! Debemos tomar el riesgo de que la novedad permanezca en los procesos, en el pensamiento, en el uso de las herramientas. La novedad por la novedad misma no es digna de exhibición. El arte es más grande que la novedad, porque es más grande que el tiempo.
– Entonces el contexto también es el límite de la obra.
– El contexto es el límite de la capacidad humana de interpretación de la obra. El arte trasciende el tiempo y el contexto, y toda obra se resignifica. Sin embargo, si la obra está basada en la novedad es una mera exposición de la herramienta, su significado está atado a un único contexto y por lo tanto no tiene posibilidad de trascender. Una pieza meramente producida para un museo de ciencia, donde lo que se exhibe es el potencial de la máquina. El riesgo que debemos tomar es que la novedad no sea exhibida. Habitamos un tejido artístico-técnico que no reconoce los límites entre tecnología, arte, distribución y consumo, artista y espectador.
– Si esos límites no existen, o al menos están desdibujándose, ¿cómo podemos hacer arte desde el siglo XXI?, y ¿qué sucede con la tradición?
– ¡La tradición es el gran tema de nuestro siglo! Precisamente porque habitamos este nuevo tejido artístico-técnico, la tradición se resignifica y podemos abrazarla. Miramos la tradición con un nuevo cristal y con un nuevo prisma. Dialogamos con ella desde un nuevo contexto que la revitaliza y pone en valor sus productos artísticos. Si no fuese por la tradición no habríamos llegado hasta hoy haciendo arte, y si no fuese porque hoy seguimos haciendo arte la tradición habría muerto o, lo que es peor, nunca hubiera sido tenida en cuenta como objeto de valor. Debemos abrazar el siglo XXI y hacer arte desde él. Si pretendemos hacer arte que pertenezca al siglo XXI sólo haremos obras destinadas a morir en su propio contexto. Si hacemos arte desde el siglo XXI sin preocuparnos por él, tendremos la posibilidad de seguir trascendiendo. El arte no pertenece a ningún siglo.
– ¿Qué sucede, entonces, con la tradición?
– La tradición, y esto debería dejar de ser un secreto, no se crea de una vez y para siempre. La tradición no es inmutable. Nació con los signos, y siempre la estamos ampliando. No sólo debemos registrar el cambio a nuestro alrededor. También debemos volvernos parte de él. Somos lo que cambia.

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