Un trabajo Honesto (o Vivaldi como DJ).

En noviembre de 2014 toqué un set electrónico en la segunda edición del Yellow Lounge Buenos Aires. El proceso de trabajo de esa noche empezó varios meses antes. Primero repasé minuciosamente mi colección de discos de la Deustche Grammophon. No satisfecho con eso, compré algunos nuevos, de grabaciones que no tenía. Catalogué lo que escuchaba con criterios que nada tienen que ver con las etiquetas tradicionales con las que podría ordenarse una colección de discos. Diseñé una matriz de variables tales como sonoridad, calidad de la grabación, tonalidad, instrumentación, densidad tímbrica y tempo, que me servirían para ordenar el material sonoro y empezar con el proceso de recomposición.

Con el material ya clasificado, empezó el segundo proceso, el de selección. De todas las partitas para violín de Bach, por ejemplo, usé sólo diez compases porque la tonalidad, la densidad tímbrica y las características de la línea melódica eran apropiadas para un momento específico de la estructura compositiva que tenía en mente.

A cada uno de esos fragmentos seleccionados de todas las obras preclasificadas (unas doscientas), le esperaba luego de ser elegido un segundo proceso de deconstrucción y división interna de unidades fonológicas, notas, fraseos e inflexiones, además de un proceso de masterización del audio para que estuvieran listos para ser utilizados en vivo. Para volver a ejemplificar y clarificar, digamos que un compás de Bach requiere un total de dos horas de trabajo para que sea utilizable y una vez preparado quizás no resulte como se esperaba, por lo que a veces un fragmento ya procesado es descartado y el proceso empieza de nuevo.

Esas pequeñas muestras de audio (un compás de una partita para violín de Bach, una corchea en staccato de un cuarteto de Beethoven, una frase cantada de un salmo de Leoanrd Bernstein), constituyen, para mí, entidades fonológicas con las que producir música nueva. Como en la historia, en la música un mismo hecho es siempre resignificado por su contexto y por lo tanto es nuevo cada vez.

El trabajo con muestras de audio me resulta orgánico. Hace ya 20 años desde que mi hermano me regaló mi primer sampler (un Roland W-30)  y las técnicas de manipulación del sonido me son tan naturales como para un violinista la técnica del arco.

Las muestras de audio preparadas debían ser parte de un mapa mayor, una composición que constituyera un viaje emotivo y a la vez coherente, complementada con material producido especialmente para proporcionarle a esos fragmentos de audio, un hilo conductor y una base que me permitiera hacerlos sonar, improvisar con ellos y modificarlos según el clima de la ejecución lo requiriera. Ese material extra (bases rítmicas, sonidos para tocar con teclados, líneas de bajo) también implica un tiempo de preparación, como es imaginable.

Pero el trabajo no estaba listo. Cada muestra de audio y cada material sonoro producido específicamente para ese show debían ser procesados en vivo. Por lo tanto faltaba la elección de los procesos que iba a aplicar para modificarlos, recortarlos sobre la marcha, fundirlos, diluirlos en el paisaje sonoro o ponerlos en relieve, afinarlos o desafinarlos, etc.

La aplicación de los procesos a los sonidos, tanto como la ejecución musical en vivo de teclados, bajos y patrones rítmicos, respondía a una partitura general; de modo que cada cosa debía estar en su lugar, y era necesario además elegir de qué modo controlarlos durante el show. Para eso, además de la partitura musical general, fue necesario elaborar un guion del DAW (Digigal Audio Workstation). Los parámetros a controlar son tantos, que si no existe un registro de los controles que se van creando para tocar en vivo, cualquier complicación mínima puede hacernos perder horas buscando qué es lo que falla.

Las necesidades de manipulación y controles, el guion musical y el guion del DAW, definieron el set que iba a utilizar: dos iPads con cuatro pantallas de Lemur diseñadas específicamente para ese set, un teclado de 8 octavas, un controlador leap-motion para leer los movimientos de la mano y una pedalera.

El sistema debía ser seguro, de modo que todo estaba replicado en dos estaciones de trabajo independientes y sincronizadas.

En resumen, trescientas cincuenta y seis muestras de audio preparadas, quince estaciones de generación de beats, tres de generación de microtonos, dos de generación de ruido, cuatro de síntesis de sonido y veintitrés procesadores en setenta y seis canales de audio y doce auxiliares.

Pero los números no significan nada cuando llega el momento de convertir las frases de un salmo de Bernstein o los acordes de la novena sinfonía de Mahler en música nueva.

Quien escucha puede o no reconocer esos fragmentos que brotan de los paisajes sonoros y los beats para perderse luego en la continuidad y fundirse con otros, de otros compositores quizás que vivieron en siglos diferentes, funcionando como entidades fonológicas renovadas en un contexto completamente nuevo. Quienes escuchan pueden o no conocer todo el trabajo que implica llegar a producir esa música nueva con fragmentos de música pre-existente sumados a música creada para unirlos. Quien escucha puede, en definitiva, disfrutar o no dependiendo de sus gustos personales.

Quien escucha es libre. A quien escucha no se le pide nada a cambio. A quien trabaja de escuhar, sin embargo, debemos exigirle un poco más, y la historia empieza ahora.

El acto central del Yellow Lounge, Avi Avital, quien tocó junto al cuarteto Petrus y Luis Tauriello en contrabajo, me pareció una maravilla y tuve el privilegio de disfrutarlo desde un lugar preferencial por dos motivos: la tarima sobre la que yo tocaba estaba elevada y en mi sistema de monitoreo tenía el audio del show sólo para mí con la mejor calidad posible.

Germán Serain, periodista especializado y productor, publicó una crítica sobre el concierto. Es una persona entendida en música clásica y por supuesto elogió la presentación de Avi Avital. Sobre mi trabajo, sin embargo, escribió algo sin ser demasiado específico, aunque no ahorró dialéctica para menospreciarlo.

Su primera referencia es la siguiente: “un DJ (disc-jockey) llamado Sebastián Verea se encargó de introducir, acaso demasiado extensamente, lo que vendría después”, y la segunda y última es esta: “Lo cierto es que, más allá del vistoso sombrero que lució Verea, y sobre todo a la luz del contraste con lo que vendría después, a uno le vino a la mente aquella lapidaria expresión que alguna vez Pappo le dedicó a otro DJ: “Yo brindo por que la música tocada en vivo por seres humanos triunfe. Porque resulta que uno se pasa la vida estudiando un instrumento, y viene otro, enchufa un pasadiscos y dice que toca. Mejor conseguite un trabajo honesto.”

Cuando la leí, me causó gracia que citara a Pappo, porque entre quienes trabajamos en el Yellow Lounge esa vez, tomamos aquellos dichos de Pappo como broma interna. La broma tenía sentido precisamente porque todos sabíamos dos cosas: la primera es que no soy un DJ y la segunda es que lo que iba a hacer esa noche era algo completamente diferente.

Escribo esto menos como una respuesta a Serain que como un alerta para todos los que trabajamos de alguna u otra manera con la música.

Hice una descripción de mi trabajo porque creo que, más allá de cualquier apreciación estética, es saludable que se empiece a saber qué es un set electrónico. No sólo qué procesos implica (al menos el mío), sino también cuál es la idea detrás de una estética y una cultura que no nació ayer. Yellow Lounge no es un concierto de música clásica. Es una propuesta que resignifica el contexto de consumo de la música clásica y por lo tanto la música clásica en sí misma.

Fue mi primer set electrónico. Disfruté mucho haciéndolo. El largo proceso de trabajo (de trabajo honesto) me dio una gran satisfacción. Nunca pretendí que quien escuche conozca lo que había detrás. Pero como dije, hay una diferencia fundamental entre quien escucha y quien trabaja de escuchar.

Si jugamos el juego del crítico y el artista, deberíamos poner la misma honestidad intelectual en nuestro trabajo tanto de un lado como del otro. Describí casi con detalle mi trabajo en el set electrónico porque es un trabajo que se desconoce y me interesa que se conozca más (aunque no es el único tipo de trabajo que hago) pero el trabajo del crítico (del crítico honesto) es, como mínimo, saber de lo que habla o al menos callar y no ocuparse de un sombrero cuando su entendimiento se encuentra con algún límite.

La vida tiene vueltas extrañas. Hace un mes, Avi Avital editó su nuevo CD en el que interpreta las cuatro estaciones de Vivaldi. En un video promocional habla sobre el compositor, de quien es un gran admirador, y dice “si vivaldi viviera hoy, sería un DJ o algo parecido.”

“Un DJ o algo parecido”, algo que algunos que elogian a un Vivaldi bien tocado por el propio Avital, están lejos de conocer. Claro que, tal vez si Vivaldi usara un sombrero le podrían dedicar algunas palabras.

 

Les dejo unos links complementarios:

Avi Avital hablando de Vivaldi:
(https://www.youtube.com/watch?v=GPSAzzTVSaQ)

La crítica de Germán Serain:
http://www.martinwullich.com/avi-avital-en/

Un manifiesto interesantísimo y potente sobre la cultura del remix:
https://vimeo.com/8040182

Una foto mía con el sombrero puesto:
http://sebastianverea.com/wp-content/uploads/2014/11/Yellow-Playing-210×140.jpg

 

3 Comments

  1. Germán A. Serain

    Hola Sebastián. Quisiera ante todo disculparme si mi crítica pecó de cierto tono ofensivo que no pretendió tener. Leo con atención lo que escribís en relación a tu proceso de trabajo y admito entonces dos cosas: la primera, que desconocía tu labor en detalle, y la segunda que, en efecto, no parece en absoluto tratarse nada más de poner discos y reproducir sonidos. Touché. Sin dudas tu trabajo tiene su exigencia y su mérito.

    En mi defensa diré, sin embargo, que sigo creyendo que fue un error intentar mezclar con resultado feliz agua con aceite, pues la música que interpretaron Avital y el Cuarteto Petrus no guarda empatía, dicho esto desde mi modesto entender (o desde mi modesto sentir, puesto que la recepción del arte tiene que ver más con sensibilidades que con entendimientos), respecto de la performance electrónica que tuviste a cargo.

    El programa generó un contraste, enfrentado al cual tu trabajo me pareció fuera de lugar, al ser comparado por fuerza con lo hecho por los músicos sobre el escenario principal. Muy diferente fue la naturaleza del Yellow Lounge anterior, realizado por Sven Helbig, que presentó obras originales, música contemporánea académica, donde confluían elementos electrónicos en combinación con formas musicales tradicionales en el seno de una misma obra.

    Ahora bien, a la hora de jugar la sensibilidad del público (y aquí me permito corregirte: el crítico no es sino un asistente más, que corre con la ventaja de poder decir si lo visto y escuchado le pareció o no bueno), todo lo que el artista deba explicar queda en un segundo plano. Tu arte tiene valor puesto en juego, en el momento mismo de sonar. Y entonces tengo que ser franco: el set electrónico me fastidió, se me hizo interminable, no le encontré atractivo, probablemente porque la propuesta musical que me atraía era de una naturaleza demasiado diferente. Y te aclaro que soy un tipo que escucha toda clase de músicas, incluidos artistas como Brian Eno, que hizo grandes cosas con la electrónica, pero cada una en su contexto.

    Lo del sombrero fue una ironía, es verdad. Pero finalmente una ironía que pretendió marcar algo. La sensación que tuve es que se enfatizaba demasiado en formas superficiales, más que en contenidos que realmente dijesen algo. Que ME dijesen algo, es cierto; seguramente a otras personas sí les llegó tu mensaje. Pero no puedo escribir por otros, sino que no tengo más remedio que hacerlo por mí mismo. El detalle del sombrero es acaso lo que me quedó de la performance… cuando lo deseable era que la producción sonora me hiciera notar otras cosas. Acaso este sea un detalle que debería aportarte a vos, como artista, como lo que finalmente es: una devolución.

    Definitivamente mi sensibilidad no se vio conmovida por tu trabajo, sin duda honesto, eso no lo discuto y vuelvo a ofrecerte en tal sentido mis disculpas. Pero no es a través de la honestidad como se supone que un artista llegue a su público, sino a través de su arte. Y personalmente no me atrapó lo que escuché. Me pareció intrascendente, enfrentado a las músicas interpretadas por Avital y el Petrus. Y si hubiese debido pagar una entrada, acaso me hubiese sentido estafado, pero no por vos, sino por lo ambivalente de la propuesta.

    En cuanto a Vivaldi como DJ… Avi Avital puede ser un excelente músico, pero eso no lo exime de decir tonterías. También las digo yo, como bien ha quedado demostrado. Y te pido me permitas terminar estas líneas, que no pretenden ser ofensivas, con un modesto homenaje al maestro Joe Cocker, diciendo que “puedes dejarte el sombrero puesto”. No fue ese el problema. Sino que yo estuviese tan poco compenetrado con lo que sucedía durante tu set como para llegar a focalizar mi atención en ese tangencial detalle.

  2. Hola Germán, agradezco tu respuesta y este intercambio saludable.

    Lo mío fue menos un descargo para con tu crítica -aunque fue el catalizador-, que un intento de poner de manifiesto la necesidad de que ciertas culturas de producción se conozcan.

    Acuerdo con vos en que todo lo que el artista deba explicar queda en un segundo plano. Lo que está en juego es la sensibilidad de quien recibe y lo que el artista expone. Cuando eso pasa los procesos no importan, por lo tanto que mi set no te haya conmovido y no haya capturado tu atención -tal vez por la ambivalencia de la propuesta, tal vez sólo por mi set- queda por fuera de cualquier discusión.

    Agradezco también tu noble disculpa con respecto al desconocimiento de los procesos y me dejo entonces el sombrero puesto.

  3. Jorge Vinuales

    El intercambio entre Sebastian y German me parece interesante ya que es representativo. German no entendio, sin duda, lo que Sebastian aclaro. El arte no puede ser solo o unicamente emocion o falta de emocion estetica. No podria escribirse una historia del arte ni hablarse de arte si fuera asi, ya que la emocion estetica es completamente subjetiva y no puede juzgarse la calidad de una obra simplemente porque ‘mucha gente’ sintio cierta emocion estetica (aunque diferente) o ‘solo una persona’ sintio (o no) cierta emocion estetica. El arte es, de modo mucho mas importante, expresion por caminos propios al artista, y no generacion de emociones. El arte no solo es, como German, a pesar de su especialidad, consumo o capricho estetico. El artista, la expresion, es mas importante que el consumidor de arte. Recuerdo el discurso de Albert Camus cuando recibio el premio nobel de literatura. Camus se hizo voz de todos aquellos que trabajando en las sombras trataban de expresar, de encarnar, ciertas significaciones dificiles, quizas casi imposibles, de formular o de expresar. El hecho de no haber recibido el premio nobel no los hace menos artistas, cuando la expresion es una busqueda sincera y cuando la propuesta es, como en el caso de Sebastian, algo completamente nuevo, tanto en la Argentina como afuera. Pero los criticos institucionales se interesan en Camus o los artistas consagrados, sin darse cuenta de lo que se esta operando en ese mismo momento sin tanta luz. La respuesta de German tiene el merito de la honestidad, tanto para reconocer el fraseo facil y medicremente ironico como para recalcar su ausencia de emocion estetica suscitada por el set de Sebastian. Pero se trata de honestidad de consumidor de musica, quizas d’amateur o de connaisseur. Es una pena que se refugie en esa parcialidad y, como critico, no vea que lo que esta en juego es – tambien – la propuesta expresiva, el modo de expresar algo nuevamente, los materiales con que puede hacerse eso, y todo ello con una triste referencia a Pappo.

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