Música y Ruido: La Prueba de la Eternidad

El ruido de la avenida apenas me deja oír lo que tocan los violines. Tal vez estoy imaginando que los escucho sólo porque sé que deberían estar sonando en ese momento, pero no puedo decidir si es o no mi imaginación, y para el caso tampoco importa. El sonido está siempre en la mente.

La música clásica, concebida para ser ejecutada en un auditorio en completo silencio, se comporta en el medio íntimo de la escucha con auriculares como un organismo vivo de intervención de los estímulos sonoros externos que parecen invadirla pero que, sin embargo, se dejan invadir por ella naturalmente, como si fuesen parte de la composición.

Ahora estoy seguro que oigo los violines débilmente, pero ya los acompañan las violas y los cellos. La dinámica se está modificando. Pronto entrarán los trombones. La música se abre paso entre los sonidos de la ciudad. Encuentra progresivamente el espacio sonoro que debe habitar, las frecuencias que no ocupan otros sonidos, y las va ocupando. Cuando se deja invadir por el entorno no lo violenta para sobrevivir, sino que cede a él con la certeza de que volverá a nacer desde el ruido que aparentemente la había ahogado. Si muere en él, entonces es porque estaba hecha para que eso suceda. No le interesa prevalecer porque se sabe eterna.

Así como el espacio que rodea a un objeto define su forma, los ruidos que interfieren la música adquieren significado cuando la música los rodea y completa. Entonces el ruido es parte de la música y la música que escuchamos es nueva cada vez porque sus espacios son intervenidos por sonidos diferentes en cada escucha. Al mismo tiempo, el nivel de ruido que interfiere en la escucha determina los espacios que la música será capaz de ceder. A menor ruido la música cede menos espacios y a mayor ruido necesita ser intempestiva o crecer hasta un pasaje fortísimo para poder abrirse paso y renacer.

La música clásica, grabada sin los métodos de compresión con los que se graba la música pop, conserva la dinámica de la ejecución (los pasajes suaves mantienen una gran diferencia de volumen con los pasajes fuertes). Para escuchar correctamente toda la grabación es necesario estar en silencio. Si ajustamos el volumen para apreciar una sección pianísimo por sobre un nivel de ruido alto, la sección fortísimo resultaría ensordecedora. La escucha de esta música en un entorno con ruidos resulta en un diálogo de la música con el contexto sonoro.

La música y el entorno se funden, se dan espacio, se callan y se permiten mutuamente; configurando una experiencia nueva cada vez. Si conocemos la pieza que estamos escuchando hasta podremos imaginar lo que suena cuando no lo estamos oyendo (como oí los violines en la avenida).

Se puede pensar que los ruidos invaden la música y que la experiencia es desagradable o, como mínimo, no deseada. A veces lo no deseado (o el error) cambia la perspectiva de lo que percibimos y nos aporta una nueva visión sobre lo conocido.

Yo prefiero pensar que es la música, cuando renace desde el ruido aparentemente invasor, la que da forma a todo lo demás, y resignifica lo que sucede en el entorno sonoro. Así, del ruido de una avenida brotan los cellos y del ruido de un tren emergen trombones. Las frecuencias del ruido dejan espacios y la música florece como algunas flores florecen en paredones viejos o autos abandonados. Se abre paso porque es anterior, porque el mundo le pertenecía a ella antes que al ruido. Sobrevive sin luchar porque tiene el tiempo y la cadencia de la naturaleza. Porque sabe, secretamente, que tiene el poder de sobrevivir a lo efímero.

El ruido pasa. La música no.

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