Música y Sonido en Escena: Pensar Todo de Nuevo

1. Dejar vivir las ideas

Las preguntas “¿cómo podemos hacerlo?” o “¿es eso posible?” suelen funcionar como un obstáculo en los procesos de creación. He visto muchas buenas ideas descartadas por esas preguntas antes de que puedan ser probadas, a veces ideas que podrían cambiar la forma en la que vemos teatro. Mi objetivo es que esas preguntas dejen de existir.

Así como un músico virtuoso ejecuta su instrumento como una prolongación de su cuerpo, quien crea para la escena debe dominar las tecnologías disponibles en su campo para pensar desde dentro de ellas y a la vez extendiendo sus límites, transgrediendo sus posibilidades. La tecnología debe ser un aliado más.

Debemos evitar la reticencia a confiar en la tecnología. Hace mucho tiempo que la tecnología está siendo utilizada para mejorar las presentaciones de espectáculos en vivo y existen herramientas sólidas y para todos los propósitos.

Cuando una idea es rechazada por poco factible, lo más probable no es que la idea sea impracticable, sino que no exista en el grupo la persona indicada para ponerla en práctica. Debemos concebir al equipo técnico y al artístico como una unidad de pensamiento. Los equipos técnicos deben expandirse e incluir especialistas en áreas que hasta ahora no se pensaban como relacionadas a las artes, por ejemplo la programación.

Entonces pensemos todo de nuevo. Quitémonos los prejuicios y los miedos con respecto a la tecnología. Sí es posible, sí existe alguna forma de llegar a ese resultado. Veamos el laberinto resuelto, empecemos por la salida y desandemos el camino desde el resultado a los métodos. Vamos a sorprendernos con cuánto es posible sólo con dedicarle el tiempo y el trabajo a resolverlo.

2. La obra como orquesta

Una orquesta sonando no es cada uno de sus instrumentos ni la suma de ellos, sino que es la orquesta como una sola cosa. Así debemos pensar al espacio escénico y la tecnología en el proceso de visualización de una obra. Debemos dejar de separar conceptualmente al sonido del resto de los elementos escénicos. Sólo de esa forma lograremos que lo sonoro y lo musical se integren completamente a la obra. Los límites entre lo técnico y lo artístico, entre el sonido y la acción, deben desdibujarse.

Un compositor no escribe una sinfonía para que un oído experto reconozca qué está haciendo el oboe, sino para transmitir un sentimiento a través del conjunto. Lo mismo debe suceder con una obra. Si un espectador reconoce los mecanismos y las tecnologías accionadas durante una función, la obra como integridad no está funcionando.

El sonido y la música son elementos que suelen ser incluidos sobre el final de una producción, y eso resulta en la falta de unidad conceptual de estos elementos con el resto de la obra. Ambos elementos deben ser concebidos desde el mismo lugar que se concibe un diálogo o un movimiento, y en el mismo momento.

Los espectadores están entrenados por el lenguaje del cine y sus expectativas con respecto a la calidad del sonido y la sincronización de los elementos en la escena están moldeadas por los códigos del lenguaje audiovisual. Un espectador de teatro entrenado conoce los códigos y el lenguaje del teatro, pero a menos que la propuesta artístico-conceptual de la obra sea la de trasladar al espectador a los códigos de determinado tipo de teatro (por ejemplo el teatro isabelino), si no hemos cuidado el sonido y la música lo estaremos obligando a asimilar forzosamente un código que puede resultarle obsoleto.

Cualquier variable mal implementada puede distraer al espectador de la obra. Volúmenes mal aplicados, entradas o salidas de sonido sin sincronización, sonidos con ataque demasiado abrupto o demasiado lento, o baja calidad de amplificación. Todo puede resultar en que un espectador perciba al sonido como algo agregado y no como parte del todo. Es eso precisamente lo que debemos evitar.

3. Aprender y Desaprender

Concebir la música y el sonido como parte integral de una obra es por un lado un desafío técnico y por otro un desafío conceptual. Es necesario conocer en profundidad las herramientas disponibles y hacer a un lado la reticencia a utilizar tecnología en escena. El desafío técnico tiene que ver con aprender y el conceptual con desaprender.

No todo el arte necesita evolucionar a la par de la tecnología, pero la tecnología ha evolucionado y a veces tememos incorporarla a la producción artística simplemente porque la desconocemos. Las herramientas de las que disponemos hoy para optimizar todos los elementos de una obra son mucho menos costosas y complejas que las que existían quince o veinte años atrás.

El desafío que queda por delante es el de hacer a un lado los prejuicios y las reticencias para poder empezar a pensar en la escena y la tecnología como una unidad. Para eso es necesario desaprender los métodos conocidos. Esta tarea que parece la más difícil está emparentada con la tarea de aprendizaje, la del conocimiento de las herramientas disponibles. Les prometo que al terminar de conocerlas y familiarizarse con ellas, el cambio en la forma de concebir la escena vendrá por añadidura y con él el deseo de llevar a otro nivel el resultado de sus producciones. 

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