La Orquesta Que No Está

 

No hay representación posible para la música. Aunque pensemos en que una partitura es de hecho una representación de la música, esos signos no son más que un ejercicio matemático para poder comunicar entre quienes los entienden, formas de ejecución y articulación de los instrumentos musicales.

La música en sí pasa por otro lado, se sitúa directamente en el plano de las emociones. No es decodificada por el espectador bajo ningún tipo de código, y opera sobre la voluntad sin filtros interpretativos.

Al realizar una obra o una película, el manejo de ese elemento tan sensible siempre es una cuestión que se aborda con total subjetividad. Abundan los argumentos y las teorizaciones al respecto. Todos piensan diferente y todos tienen sus razones.

La música incidental no forma parte espontánea de nuestras experiencias diarias. Podemos incorporar a una vivencia una melodía que está sonando desde algún dispositivo de reproducción o desde algún músico ejecutándola en vivo, pero siempre la fuente del sonido forma parte del entorno. Sabemos de dónde viene. Esta cuestión llevó a muchos directores de cine o de teatro a descartar el uso de la música incidental, como los directores del Dogma 95. Ellos piensan: “La música, en la escena real no existe. ¿De dónde viene? ¿Qué es esa orquesta sonando si no está en ningún lado?”.

Si pensamos en una obra y hacemos analogías de cada uno de los elementos de la escena con la realidad, veremos que cada uno puede tener una representación en nuestro aparato cognitivo. Pero la música, sin embargo, queda algo afuera.  Precisamente eso es lo que le agrega valor. La música viene a contarnos aquello que el resto de los objetos y sujetos en la escena no pueden contar, no nos habla en ningún lenguaje, opera directamente sobre las emociones.

Schopenhauer escribió en Pensamientos, palabras y música: “la música no es como todas las otras artes, una representación de las ideas o grados de la objetivación de la voluntad, sino la expresión directa de la voluntad misma…”[1] y sigue “… lo cual explica su acción inmediata sobre la voluntad, es decir, sobre los sentimientos, las pasiones y las emociones del oyente, de modo que rápidamente los exalta o los modifica.”

Podemos pensar que esto añade cierta exigencia al rol que la música debe cumplir. Le estamos pidiendo que modifique la voluntad, los sentimientos, las pasiones y las emociones de un espectador.

La composición musical es sólo un elemento más dentro de la obra, pero está interactuando directamente con las emociones del espectador precisamente porque no existe un método directo de comunicación entre la música y el aparato cognitivo.

El público puede elegir no mirar una parte de la escena por más bien usada que estén las luces. Puede hacer juicios sobre una determinada línea de diálogo, puede predecir qué va a suceder, o jugar a predecirlo. Pero no puede evitar la música, y esto no hace a la música imprescindible, sino que la convierte en un elemento que debemos manejar con mucho cuidado, porque del mismo modo en el que puede exaltar un sentimiento, puede arruinar el resto del trabajo.

Entonces, cuando se planifica una escena en la que se va a incluir música hay que preguntarse ¿cómo queremos que se sienta el público?, ¿qué queremos que piense mientras ve lo que está pasando?, ¿qué están sintiendo los personajes?, ¿qué rasgos psíquicos y emocionales del personaje no está mostrando el guión pero sí debe mostrar la música?, ¿qué siente el director al respecto de la escena? Tenemos que pensar en todo lo que no se ve, pero que sin embargo está sucediendo.

La música incidental, entonces, viene a completar el espectro de sensaciones para, desde lo auditivo, contar un subtexto sutil con el lenguaje de las emociones. Estoy seguro de que un director puede lograr el mismo efecto sin utilizar música. Un artista sutil puede llevarnos por cualquier emoción valiéndose sólo de imágenes o de palabras, como un poeta o un pintor.

Pero la verdad es que la música incidental sigue cumpliendo el rol de contarnos algo que está en un plano más profundo que lo que nos están mostrando el resto de los elementos, actuando sobre nuestras emociones sutilmente, sin que nos demos cuenta.

La música no son las partituras, quizás tampoco son los dedos en las cuerdas de un instrumento, ni el sonido del instrumento mismo, que no es más que aire en movimiento. La música es esa vibración sutil que nos habla en un lenguaje que no podemos evitar. Es una historia que nos cuentan con el idioma de las emociones, y actúa sobre nosotros aunque no la notemos. Como esa orquesta que suena, pero nunca podemos ver.


[1] Arthur Schopenhauer, Pensamientos, Palabras y Música, Editorial

 

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